domingo, 9 de agosto de 2009
domingo, 2 de agosto de 2009
Se ruega no escupir a los empleados del tren
Creo que todo comenzó porque tenía hambre. O quizá simplemente porque me aburría, quién sabe. El caso es que cuando me enteré del evento debía de llevar unos tres o cuatro días durmiendo en el garaje de mi amigo. Jorge, que vivía en una casita en el norte de Londres, se había pasado la semana anterior vaciándolo de cachivaches hasta que el jardín trasero quedó repleto de ruedas, latas de atún oxidadas y pilas de folios. Ahora era una habitación más con su cama y su Xbox. Lo imprescindible, vaya. Precisamente nos encontrábamos frente al televisor matando romanos cuando apareció su compañero de piso con un pack de cervezas colgando de la mano. Jacques era un veinteañero de Toulouse que vestía siempre de camisa y chaqueta pegadas a su espigada figura y trabajaba preparando cócteles en uno de los restaurantes de moda de la ciudad. Su expresión lucía la juventud de cualquiera que, como él, se pasara la semana acostándose con las niñas ricas de South Kensington a las que atendía. Me ofreció una Stella Artois guiñándome un ojo por encima del cristal plateado de sus Ray-Ban y le echó un sorbo a la suya antes de sentarse con nosotros.
Después de matar un poco el tiempo jugando a la consola, Jacques nos contó que esa semana se iba a celebrar en el Excel, el centro de convenciones de Londres, la Feria Internacional del Vino. Bodegas de todas partes del globo iban a exponer sus mejores vinos y él, trabajando en un restaurante que contaba con calificación en la guía Zagat, no se podía perder tal acontecimiento. “Será como emborracharte en una cosecha”, no paraba de decir, “no dudes en venir y sacarte un pase cuanto antes, parece que el lugar se va a desbordar pese a la situación actual”. Pero yo estaba tan tirado que en seguida pensé que igual ese día podría comer gratis y así no le tendría que gorronear otra vez a los Hare Krishna.
Esa noche tardé más de la cuenta en poder dormir. Acostado bajo el edredón me entretenía adivinando la figura de los alisos moverse al ritmo del viento tras el ventanal. ¿Qué pasaría en las próximas semanas? Al rato empecé a oír ruidos de cartones y plásticos en el exterior. Debía de ser el zorro que frecuentaba el barrio. Por la noche no es inusual encontrarse zorros por las calles de Londres rebuscando entre los cubos de basura y éste parecía relamerse con los restos de la pizza con chili a la que Jacques nos había invitado. Tras la pared de ladrillo se escuchaba su hocico olisqueando entre el cartón y la mozzarella. “Bueno”, pensé, “supongo que podría recoger con una red fecal toda esta diarrea que me está provocando Londres y transformarla en algo, en un artículo para mi blog, por ejemplo. Qué genial razonamiento, tendrías que ser profesor del M.I.T.”. Por lo menos me pasaría por la Feria del Vino para desconectar un poco. En un momento dado, me pareció escuchar al zorro estornudar y al rato me quedé dormido. Unos días después, cuando los sudafricanos que llevaban la casa de Jorge me habían echado y me encontraba viviendo en un albergue, me metí en el primer Internet café que encontré y solicité un pase de prensa para la dichosa feria.
Por supuesto, mi albergue era basura. Qué ibas a pedir por sesenta libras a la semana. Si he de decir la verdad, lo que más me seducía de la feria era poder pasar unas horas alejado de ese microhábitat de proxenetas, eructos y goteras. La mañana de la feria, lo primero que vi al abrir los ojos fue una de mis chanclas flotando sobre el suelo del dormitorio. “Fuck!”, grité mientras me incorporaba desde la litera. Del grifo no paraba de brotar agua que se había juntado con la mugre del lavadero y ahora la habitación parecía una marisma de zapatillas sazonada con el olor a derrota de mi rincón londinense. El tipo que dormía en la litera inferior seguía roncando y los demás hacía tiempo que habían salido a trabajar. Bajé a hablar con el kurdo de la recepción, que inmediatamente fue a llamar al experto. Dicho “experto” no era más que el goblin con chándal que pasaba su tiempo bebiendo con unos proxenetas rumanos en la sala de la televisión. Después de examinar mi lavadero durante aproximadamente cinco segundos sentenció: “Alguien se ha dejado el grifo abierto”.
- ¿Crees que podría venirse el suelo abajo?- le preguntó el recepcionista secándose el sudor de la frente.
- Escucha: no es tu problema, no es mi problema. Larguémonos de aquí.
Lo único que me sorprendió de esa conversación fue por qué, estando delante de mí, la habían tenido en inglés y no en kurdo.
En el metro no había más que gente, gente y gente. Traté de pasar el rato leyendo uno de los periódicos gratuitos, pero la mayor parte de las páginas estaban dedicadas a gráficas de acciones que no dejaban de caer. Eran como el perfil de una ruta de montaña al revés. Decidí esquivarlas y entretenerme con los carteles publicitarios. Tampoco eran mucho mejores. Uno de ellos – del DLR, el tren que conecta la ciudad con algunos barrios y poblaciones de la periferia- mostraba la silueta de lo que debía de ser un adolescente con el texto: “Escupí a un empleado del DLR y no volví a pensar en ello. UN MES DESPUÉS ESTABA DETENIDO”. Por un momento me hizo reflexionar: “Claro, tiene sentido”.
El Excel de Londres. El centro de convenciones de las mayores gilipolleces que se os puedan ocurrir. Cuando a la entrada la mujer citó el nombre de mi medio casi me da la risa:
QUIN-CE ELE-FAN-TES BI-PO-LA-RES
Después me pasó el aparato por el código de barras. “Cheers, that’s lovely”.
Para entrar en calor me apetecía empezar tomando café, así que busqué en el mapa del folleto la sala de prensa y me puse en camino mientras le echaba un vistazo al panorama: stands, mucho tipo con corbata, sillones, acuerdos que se negocian, ya nos pondremos en contacto, déjeme su tarjeta, etc. Con esos tipos iba a tener que tratar para escribir mi reportaje, así que lo mejor era inyectarme algo de cafeína y bollos. Además todavía no sabía exactamente qué tipo de preguntas les iba a realizar a los exhibidores.
Una vez dentro de la sala de prensa evité a un puñado de periodistas que estaban dándose palmaditas en la espalda por el último viaje bodeguero que habían realizado en Sudáfrica y le pedí un café a la camarera. Mientras mezclaba la leche caliente con la fría empecé a llenarme mi plato de bollos y galletitas hasta que una voz en castellano que se levantaba raptó mi atención de la bandeja de los dulces.
- ...además, hoy en día cualquier paleto puede tener un Mercedes – le estaba contando un reportero de una cadena española a su pobre cámara, que miraba con cara de necesitar un cigarro – Pero yo con mi currículum sí que me desenvolvería bien aquí.
El cámara se disculpó diciendo que necesitaba ir al lavabo y noté que la mirada de su compañero el pesado se dirigía hacia mí. “Dios, si se entera de que soy español estoy perdido, no me lo podré quitar de encima en todo el tiempo que tarde el cámara en meterse su raya de coca”. De soslayo noté cómo se acercaba a mí. “Joder, claro que lo sabe, llevo el puñetero pase de prensa colgando del cuello”. Comencé a servirme más terrones de azúcar para mirar en la dirección contraria. Dos terrones. Cuatro. Siete. Mi taza estaba rebosando de terrones y el café vertiéndose sobre la barra. De repente noté una vibración en el bolsillo de mis vaqueros y el móvil empezó a sonar justo cuando el pesado había llegado hasta mí. Miré la pantalla: gracias Jorge.
-¿Qué pasa, loco?, ¿por dónde andas?
-En la Feria del Vino todavía – a mi derecha el reportero se había quedado esperando a que terminara mi conversación.
-Ja, ja. Oye, te llamaba porque los sudafricanos se van mañana a una excursión y no vuelven hasta el lunes. Igual te quieres venir a dormir al garaje.
-No, dile a los editores que ni lo sueñen. No me apetece entrevistar a David Cameron. Mierda neocon.- cuando oyó el nombre del líder conservador, el periodista se quedó un poco perplejo- Prefiero quedarme aquí pillándome un pedo con los vinos gratis, jajaja.
-Oye, tío, ¿estás bien? Si estás borracho podemos quedar y te voy a buscar.
-¿Qué cómo voy a terminar el reportaje sobre los tories? Lo copiaré de Wikipedia como de costumbre- y, dicho esto, por fin el tipo se fue alejando de mí.
Mi primera parada sería California. Como no se había presentado la bodega de Francis Ford Coppola y, básicamente, a eso se reducen mis conocimientos sobre vinos, opté por acercarme al stand del tipo que tenía la camisa más graciosa. Frente a mí había un afable bigotudo con una camisa plagada de carreteras, matrículas y flores. Su cara rojiza y el bigote rosado le venían a juego con algunas de las flores.
Lo primero que me dio a probar fue un Chardonnay mientras me explicaba que trabajaba para una mediana empresa familiar situada a unas quince millas al norte de San Francisco. Miré la copa al trasluz y eché un trago. “¿No quiere escupirlo, amigo? Son las 10 de la mañana”. Por un momento consideré lo que me acababa de sugerir. “Verás, sé perfectamente lo que hago… – y paré un segundo para mirar su credencial- John.” Mientras me alejaba, mi amigo de la mediana empresa familiar a unas millas al norte de San Francisco se quedó pensativo. De fondo, una chica brasilera cantaba bossa nova de una forma que tranquilizaría a los pardillos antes del fin del mundo. Londres es una ciudad tan agresiva y esa música me adoptaba. Me empezaba a aburrir, malditas ferias. ¿Quién las inventaría? Se puede presentar cualquier cosa en una feria, desde películas sobre congresos nazis a tecnología que reduce el nivel de emisión de CO2 de los aparatos de refrigeración.
Si no recuerdo mal, las siguientes dos horas las pasé catando. Y todos se esforzaban por ofrecerme sus vinos premiados. De un Shiraz Medalla de Oro Michelangelo a un Malbec premio Decantador. Sin olvidar el Cabernet Sauvignon, Tinta Barocca y Touriga Naçional. “¿Querés probar este Malbec galardonado por el público en la Feria de Argentina?”.”Si tiene premio no se hable más”. Y apoyado en la barra de un stand, observé a un encorbatado representante de una bodega sentado con un cliente. Sobre una mesa de cristal había unas hojas de papel en las que les mostraba lo que parecía ser unas listas de ventas. En ese momento me di cuenta de que todavía no había hablado con ninguno de los exhibidores para escribir el supuesto artículo y hacer mi “trabajo”.
En el stand de Sudáfrica comenzaría mi exploración de las altas cimas de los negocios vinícolas. El tipo que me había echado de casa de Jorge era de Pretoria pero eso no tenía nada que ver. Al fin y al cabo era funcionario de prisiones y sólo estaba jugando a ser el gigante malo delante de su mujer.
- Como ya le dicho, este es uno de los primeros Shiraz de la región de Swartland- una rubia embutida en chaqueta y pantalones estilo Hillary Clinton esperaba con la botella en la mano a que le diera mi veredicto sobre la copa que acaba de servirme- y en lo que se refiere a hablar con nuestros exhibidores, puede dejarme su tarjeta si así lo desea o escribirnos un e-mail, pero en estos momentos va a ser imposible…
Entendido. Después de eso yo que sé. Vinos croatas, eslovacos, italianos… Qué más da, todos me estaban tratando de vender lo miserable que yo era por no haberlo probado antes. Y de cualquier conversación podías salir con un: “Me encanta su sabor intenso”. Pero no sabía cuál era la frase clave para poder sentarme a entrevistar a los exhibidores y disfrutar de unas tapitas con ellos en la zona de los sofás.
Así que pensé que quizá en la zona española me echarían un cable. En un stand de La Rioja unos cuantos tipos vestidos de traje charlaban animadamente mientras una mujer guardaba unas botellas. En ese momento, yo ya llevaba un pedo considerable. Eso ayudó a que sacara a relucir toda mi labia delante de la mujer acerca de mi revista, los vinos con los que trabajábamos y el reportaje que estaba escribiendo. Ella me miró como si ya me conociera:
-¿Por qué no hacemos una cosa? Te sirves tú mismo de cualquiera de las botellas que tenemos aquí y cualquier duda que tengas la puedes mirar en la etiqueta de la botella.
Resignado miré al grupo de mandamases de la bodega y entre ellos vi al pesado que conocí en la sala de prensa. Bueno, para ser justos, al pesado del que me reí en la sala de prensa. El reportero había conseguido una entrevista y ahora estaba engullendo una tabla de ibéricos con los exhibidores. Parecía que a fin de cuentas sí que sabía desenvolverse.
Pintaba como el momento perfecto para largarme de allí. Había intentado penetrar en el peligroso mundo de los vinos con denominación de origen pero no pude o no supe desenvolverme y ahora estaba cansado. Caminé por el pavimento que rodeaba el edificio hasta la estación del DLR. Sentado frente a la vía, le eché un vistazo a mi pase de prensa y me reí solo.
La tarde la pasé por el centro, buscando trabajo. Nada de nada, para variar. En el metro me fijé en otro cartel. Este anunciaba el lanzamiento de un peliculón en DVD. Una de las críticas que servían de promoción decía: “Como ver a monos en Youtube lanzándose su propia mierda”. En algún momento del camino me había debido de perder si no entendía cómo eso podía servir de promoción de algo.
Por la noche volví a mi albergue. En la sala de la televisión había una discusión entre una chica y un tipo enorme que se pasaba el día tumbado sobre el sofá. Al parecer él quería ver CSI, mientras que ella optaba por un programa de indudable sello británico llamado You’re not part of this family, so stop falling it apart. Mientras se gritaban, la BBC mostraba imágenes del caso de estafa piramidal que estaba siendo juzgado en Estados Unidos. Bernard Maddoff miraba a las cámaras con una expresión que parecía decir: “no sé cómo no os habíais enterado antes”. Finalmente, el tipo ganó la batalla por el mando a distancia, así que pasamos la siguiente hora viendo a detectives en una gran ciudad resolviendo un crimen. Al lado de mí había un supuesto culturista comiendo una hamburguesa. El tiempo que tardó en engullirla me pareció larguísimo, pudieron ser dos horas o tres años. La mayonesa se le caía a los pantalones y al sofá. Al otro lado la chica estaba gimoteando porque CSI no le gustaba. El “experto” de las cañerías le pegaba una bofetada a su amigo proxeneta. Así que decidí irme a la tienda de 24 horas y comprarme una cerveza.
Tampoco me mires así, ¿qué iba a hacer sino?
Después de matar un poco el tiempo jugando a la consola, Jacques nos contó que esa semana se iba a celebrar en el Excel, el centro de convenciones de Londres, la Feria Internacional del Vino. Bodegas de todas partes del globo iban a exponer sus mejores vinos y él, trabajando en un restaurante que contaba con calificación en la guía Zagat, no se podía perder tal acontecimiento. “Será como emborracharte en una cosecha”, no paraba de decir, “no dudes en venir y sacarte un pase cuanto antes, parece que el lugar se va a desbordar pese a la situación actual”. Pero yo estaba tan tirado que en seguida pensé que igual ese día podría comer gratis y así no le tendría que gorronear otra vez a los Hare Krishna.
Esa noche tardé más de la cuenta en poder dormir. Acostado bajo el edredón me entretenía adivinando la figura de los alisos moverse al ritmo del viento tras el ventanal. ¿Qué pasaría en las próximas semanas? Al rato empecé a oír ruidos de cartones y plásticos en el exterior. Debía de ser el zorro que frecuentaba el barrio. Por la noche no es inusual encontrarse zorros por las calles de Londres rebuscando entre los cubos de basura y éste parecía relamerse con los restos de la pizza con chili a la que Jacques nos había invitado. Tras la pared de ladrillo se escuchaba su hocico olisqueando entre el cartón y la mozzarella. “Bueno”, pensé, “supongo que podría recoger con una red fecal toda esta diarrea que me está provocando Londres y transformarla en algo, en un artículo para mi blog, por ejemplo. Qué genial razonamiento, tendrías que ser profesor del M.I.T.”. Por lo menos me pasaría por la Feria del Vino para desconectar un poco. En un momento dado, me pareció escuchar al zorro estornudar y al rato me quedé dormido. Unos días después, cuando los sudafricanos que llevaban la casa de Jorge me habían echado y me encontraba viviendo en un albergue, me metí en el primer Internet café que encontré y solicité un pase de prensa para la dichosa feria.
Por supuesto, mi albergue era basura. Qué ibas a pedir por sesenta libras a la semana. Si he de decir la verdad, lo que más me seducía de la feria era poder pasar unas horas alejado de ese microhábitat de proxenetas, eructos y goteras. La mañana de la feria, lo primero que vi al abrir los ojos fue una de mis chanclas flotando sobre el suelo del dormitorio. “Fuck!”, grité mientras me incorporaba desde la litera. Del grifo no paraba de brotar agua que se había juntado con la mugre del lavadero y ahora la habitación parecía una marisma de zapatillas sazonada con el olor a derrota de mi rincón londinense. El tipo que dormía en la litera inferior seguía roncando y los demás hacía tiempo que habían salido a trabajar. Bajé a hablar con el kurdo de la recepción, que inmediatamente fue a llamar al experto. Dicho “experto” no era más que el goblin con chándal que pasaba su tiempo bebiendo con unos proxenetas rumanos en la sala de la televisión. Después de examinar mi lavadero durante aproximadamente cinco segundos sentenció: “Alguien se ha dejado el grifo abierto”.
- ¿Crees que podría venirse el suelo abajo?- le preguntó el recepcionista secándose el sudor de la frente.
- Escucha: no es tu problema, no es mi problema. Larguémonos de aquí.
Lo único que me sorprendió de esa conversación fue por qué, estando delante de mí, la habían tenido en inglés y no en kurdo.
En el metro no había más que gente, gente y gente. Traté de pasar el rato leyendo uno de los periódicos gratuitos, pero la mayor parte de las páginas estaban dedicadas a gráficas de acciones que no dejaban de caer. Eran como el perfil de una ruta de montaña al revés. Decidí esquivarlas y entretenerme con los carteles publicitarios. Tampoco eran mucho mejores. Uno de ellos – del DLR, el tren que conecta la ciudad con algunos barrios y poblaciones de la periferia- mostraba la silueta de lo que debía de ser un adolescente con el texto: “Escupí a un empleado del DLR y no volví a pensar en ello. UN MES DESPUÉS ESTABA DETENIDO”. Por un momento me hizo reflexionar: “Claro, tiene sentido”.
El Excel de Londres. El centro de convenciones de las mayores gilipolleces que se os puedan ocurrir. Cuando a la entrada la mujer citó el nombre de mi medio casi me da la risa:
QUIN-CE ELE-FAN-TES BI-PO-LA-RES
Después me pasó el aparato por el código de barras. “Cheers, that’s lovely”.
Para entrar en calor me apetecía empezar tomando café, así que busqué en el mapa del folleto la sala de prensa y me puse en camino mientras le echaba un vistazo al panorama: stands, mucho tipo con corbata, sillones, acuerdos que se negocian, ya nos pondremos en contacto, déjeme su tarjeta, etc. Con esos tipos iba a tener que tratar para escribir mi reportaje, así que lo mejor era inyectarme algo de cafeína y bollos. Además todavía no sabía exactamente qué tipo de preguntas les iba a realizar a los exhibidores.
Una vez dentro de la sala de prensa evité a un puñado de periodistas que estaban dándose palmaditas en la espalda por el último viaje bodeguero que habían realizado en Sudáfrica y le pedí un café a la camarera. Mientras mezclaba la leche caliente con la fría empecé a llenarme mi plato de bollos y galletitas hasta que una voz en castellano que se levantaba raptó mi atención de la bandeja de los dulces.
- ...además, hoy en día cualquier paleto puede tener un Mercedes – le estaba contando un reportero de una cadena española a su pobre cámara, que miraba con cara de necesitar un cigarro – Pero yo con mi currículum sí que me desenvolvería bien aquí.
El cámara se disculpó diciendo que necesitaba ir al lavabo y noté que la mirada de su compañero el pesado se dirigía hacia mí. “Dios, si se entera de que soy español estoy perdido, no me lo podré quitar de encima en todo el tiempo que tarde el cámara en meterse su raya de coca”. De soslayo noté cómo se acercaba a mí. “Joder, claro que lo sabe, llevo el puñetero pase de prensa colgando del cuello”. Comencé a servirme más terrones de azúcar para mirar en la dirección contraria. Dos terrones. Cuatro. Siete. Mi taza estaba rebosando de terrones y el café vertiéndose sobre la barra. De repente noté una vibración en el bolsillo de mis vaqueros y el móvil empezó a sonar justo cuando el pesado había llegado hasta mí. Miré la pantalla: gracias Jorge.
-¿Qué pasa, loco?, ¿por dónde andas?
-En la Feria del Vino todavía – a mi derecha el reportero se había quedado esperando a que terminara mi conversación.
-Ja, ja. Oye, te llamaba porque los sudafricanos se van mañana a una excursión y no vuelven hasta el lunes. Igual te quieres venir a dormir al garaje.
-No, dile a los editores que ni lo sueñen. No me apetece entrevistar a David Cameron. Mierda neocon.- cuando oyó el nombre del líder conservador, el periodista se quedó un poco perplejo- Prefiero quedarme aquí pillándome un pedo con los vinos gratis, jajaja.
-Oye, tío, ¿estás bien? Si estás borracho podemos quedar y te voy a buscar.
-¿Qué cómo voy a terminar el reportaje sobre los tories? Lo copiaré de Wikipedia como de costumbre- y, dicho esto, por fin el tipo se fue alejando de mí.
Mi primera parada sería California. Como no se había presentado la bodega de Francis Ford Coppola y, básicamente, a eso se reducen mis conocimientos sobre vinos, opté por acercarme al stand del tipo que tenía la camisa más graciosa. Frente a mí había un afable bigotudo con una camisa plagada de carreteras, matrículas y flores. Su cara rojiza y el bigote rosado le venían a juego con algunas de las flores.
Lo primero que me dio a probar fue un Chardonnay mientras me explicaba que trabajaba para una mediana empresa familiar situada a unas quince millas al norte de San Francisco. Miré la copa al trasluz y eché un trago. “¿No quiere escupirlo, amigo? Son las 10 de la mañana”. Por un momento consideré lo que me acababa de sugerir. “Verás, sé perfectamente lo que hago… – y paré un segundo para mirar su credencial- John.” Mientras me alejaba, mi amigo de la mediana empresa familiar a unas millas al norte de San Francisco se quedó pensativo. De fondo, una chica brasilera cantaba bossa nova de una forma que tranquilizaría a los pardillos antes del fin del mundo. Londres es una ciudad tan agresiva y esa música me adoptaba. Me empezaba a aburrir, malditas ferias. ¿Quién las inventaría? Se puede presentar cualquier cosa en una feria, desde películas sobre congresos nazis a tecnología que reduce el nivel de emisión de CO2 de los aparatos de refrigeración.
Si no recuerdo mal, las siguientes dos horas las pasé catando. Y todos se esforzaban por ofrecerme sus vinos premiados. De un Shiraz Medalla de Oro Michelangelo a un Malbec premio Decantador. Sin olvidar el Cabernet Sauvignon, Tinta Barocca y Touriga Naçional. “¿Querés probar este Malbec galardonado por el público en la Feria de Argentina?”.”Si tiene premio no se hable más”. Y apoyado en la barra de un stand, observé a un encorbatado representante de una bodega sentado con un cliente. Sobre una mesa de cristal había unas hojas de papel en las que les mostraba lo que parecía ser unas listas de ventas. En ese momento me di cuenta de que todavía no había hablado con ninguno de los exhibidores para escribir el supuesto artículo y hacer mi “trabajo”.
En el stand de Sudáfrica comenzaría mi exploración de las altas cimas de los negocios vinícolas. El tipo que me había echado de casa de Jorge era de Pretoria pero eso no tenía nada que ver. Al fin y al cabo era funcionario de prisiones y sólo estaba jugando a ser el gigante malo delante de su mujer.
- Como ya le dicho, este es uno de los primeros Shiraz de la región de Swartland- una rubia embutida en chaqueta y pantalones estilo Hillary Clinton esperaba con la botella en la mano a que le diera mi veredicto sobre la copa que acaba de servirme- y en lo que se refiere a hablar con nuestros exhibidores, puede dejarme su tarjeta si así lo desea o escribirnos un e-mail, pero en estos momentos va a ser imposible…
Entendido. Después de eso yo que sé. Vinos croatas, eslovacos, italianos… Qué más da, todos me estaban tratando de vender lo miserable que yo era por no haberlo probado antes. Y de cualquier conversación podías salir con un: “Me encanta su sabor intenso”. Pero no sabía cuál era la frase clave para poder sentarme a entrevistar a los exhibidores y disfrutar de unas tapitas con ellos en la zona de los sofás.
Así que pensé que quizá en la zona española me echarían un cable. En un stand de La Rioja unos cuantos tipos vestidos de traje charlaban animadamente mientras una mujer guardaba unas botellas. En ese momento, yo ya llevaba un pedo considerable. Eso ayudó a que sacara a relucir toda mi labia delante de la mujer acerca de mi revista, los vinos con los que trabajábamos y el reportaje que estaba escribiendo. Ella me miró como si ya me conociera:
-¿Por qué no hacemos una cosa? Te sirves tú mismo de cualquiera de las botellas que tenemos aquí y cualquier duda que tengas la puedes mirar en la etiqueta de la botella.
Resignado miré al grupo de mandamases de la bodega y entre ellos vi al pesado que conocí en la sala de prensa. Bueno, para ser justos, al pesado del que me reí en la sala de prensa. El reportero había conseguido una entrevista y ahora estaba engullendo una tabla de ibéricos con los exhibidores. Parecía que a fin de cuentas sí que sabía desenvolverse.
Pintaba como el momento perfecto para largarme de allí. Había intentado penetrar en el peligroso mundo de los vinos con denominación de origen pero no pude o no supe desenvolverme y ahora estaba cansado. Caminé por el pavimento que rodeaba el edificio hasta la estación del DLR. Sentado frente a la vía, le eché un vistazo a mi pase de prensa y me reí solo.
La tarde la pasé por el centro, buscando trabajo. Nada de nada, para variar. En el metro me fijé en otro cartel. Este anunciaba el lanzamiento de un peliculón en DVD. Una de las críticas que servían de promoción decía: “Como ver a monos en Youtube lanzándose su propia mierda”. En algún momento del camino me había debido de perder si no entendía cómo eso podía servir de promoción de algo.
Por la noche volví a mi albergue. En la sala de la televisión había una discusión entre una chica y un tipo enorme que se pasaba el día tumbado sobre el sofá. Al parecer él quería ver CSI, mientras que ella optaba por un programa de indudable sello británico llamado You’re not part of this family, so stop falling it apart. Mientras se gritaban, la BBC mostraba imágenes del caso de estafa piramidal que estaba siendo juzgado en Estados Unidos. Bernard Maddoff miraba a las cámaras con una expresión que parecía decir: “no sé cómo no os habíais enterado antes”. Finalmente, el tipo ganó la batalla por el mando a distancia, así que pasamos la siguiente hora viendo a detectives en una gran ciudad resolviendo un crimen. Al lado de mí había un supuesto culturista comiendo una hamburguesa. El tiempo que tardó en engullirla me pareció larguísimo, pudieron ser dos horas o tres años. La mayonesa se le caía a los pantalones y al sofá. Al otro lado la chica estaba gimoteando porque CSI no le gustaba. El “experto” de las cañerías le pegaba una bofetada a su amigo proxeneta. Así que decidí irme a la tienda de 24 horas y comprarme una cerveza.
Tampoco me mires así, ¿qué iba a hacer sino?
sábado, 31 de enero de 2009
Apuntes sobre una chica y un cóctel

Leo que un conocido local madrileño ha estrenado un cóctel inspirado en Mad Men, serie culpable de que yo salga de casa una hora más tarde las noches de los sábados. Bourbon, licor de cereza, Benedictine y vermú rojo: por lo menos sobre el papel de la revista dan ganas de darle una oportunidad para intimar. Pero el caso es que este artículo no va a tratar ni sobre el cóctel ni mucho menos sobre el antro en cuestión. Esta breve introducción ha sido sólo una excusa para dedicar el siguiente texto al personaje que encuentro más interesante de todos estos Hombres de Madison, que da la casualidad de que ni es hombre ni trabaja en Madison Avenue.
Si tuviera que destacar qué es lo que más me encandila de Betty Draper, creo que me quedaría con las historias en las que se ve envuelta. En el contexto histórico de la serie (todos fuman pero el humo que desprenden los hombres impregna y marca todas las pautas sociales), las tramas de Betty parecen secundarias, reducidas al espacio del hogar, de lo cotidiano. Pero de lo que podría haberse quedado en un gris agujero, se desarrollan unas historias tan sutiles que la simple visita de un vendedor ambulante puede servir como desencadenante de un relato erótico que nunca se dio. Lo admito, mis tormentas preferidas son las que se avecinan dentro de los ambientes de “normalidad”.
Porque, detrás de su apariencia de chica que sí ha roto un plato pero lo ha guardado, Betty esconde todo un saco de pequeños secretos. Y su marido, Don, como no quiere preguntarse lo que le falta para ser feliz, tiene a nómina al psiquiatra de ella para que se lo cuente (otro psiquiatra al servicio del statu quo, qué raro).
Por eso cuando sale de casa, Betty se muestra mucho más atrevida. Ya sea regalándole un mechón de pelo a un precoz (o demasiado inteligente) niño o tonteando con el mecánico que acude a socorrerla a una carretera perdida. Como todavía me encuentro embarcado en la mitad de la segunda temporada, todavía desconozco si tendrá el valor para abandonar la casa. Si finalmente se decide, yo levantaré un cóctel Mad Men y, al sonido de los hielos danzando, brindaré por ella desde la barra.
Si tuviera que destacar qué es lo que más me encandila de Betty Draper, creo que me quedaría con las historias en las que se ve envuelta. En el contexto histórico de la serie (todos fuman pero el humo que desprenden los hombres impregna y marca todas las pautas sociales), las tramas de Betty parecen secundarias, reducidas al espacio del hogar, de lo cotidiano. Pero de lo que podría haberse quedado en un gris agujero, se desarrollan unas historias tan sutiles que la simple visita de un vendedor ambulante puede servir como desencadenante de un relato erótico que nunca se dio. Lo admito, mis tormentas preferidas son las que se avecinan dentro de los ambientes de “normalidad”.
Porque, detrás de su apariencia de chica que sí ha roto un plato pero lo ha guardado, Betty esconde todo un saco de pequeños secretos. Y su marido, Don, como no quiere preguntarse lo que le falta para ser feliz, tiene a nómina al psiquiatra de ella para que se lo cuente (otro psiquiatra al servicio del statu quo, qué raro).
Por eso cuando sale de casa, Betty se muestra mucho más atrevida. Ya sea regalándole un mechón de pelo a un precoz (o demasiado inteligente) niño o tonteando con el mecánico que acude a socorrerla a una carretera perdida. Como todavía me encuentro embarcado en la mitad de la segunda temporada, todavía desconozco si tendrá el valor para abandonar la casa. Si finalmente se decide, yo levantaré un cóctel Mad Men y, al sonido de los hielos danzando, brindaré por ella desde la barra.
domingo, 4 de enero de 2009
viernes, 7 de noviembre de 2008
El Rey de los Tallarines
Para celebrar nuestra nueva situación de desempleados, Cristóbal Marker y yo fuimos a cenar el viernes a El Rey de los Tallarines.
¿Y qué os puedo contar de ese local aparte de que es una de las mejores cosas que me han ocurrido desde que descubrí Facebook? Para los que no lo conozcáis, lo único que debéis hacer para llegar es dar esquinazo a la Plaza de España y explorar por las callejuelas confinantes. No voy a daros la dirección exacta, porque entonces perdería parte de su carácter legendario, ¿no os parece? Además, siempre os queda Google, ese invento de Satanás.
Una bocanada de vapor en la cara procedente de Singapur es lo primero que te saluda al entrar. De sus especialidades, os recomiendo las gambas al curry, el dim sum y, por supuesto, los tallarines hechos a mano.
Así que ya sabéis, un sitio que merece la pena visitar aunque sólo sea para conocer a la camarera, una Faye Wong del mundo real.
Una bocanada de vapor en la cara procedente de Singapur es lo primero que te saluda al entrar. De sus especialidades, os recomiendo las gambas al curry, el dim sum y, por supuesto, los tallarines hechos a mano.
Así que ya sabéis, un sitio que merece la pena visitar aunque sólo sea para conocer a la camarera, una Faye Wong del mundo real.
domingo, 12 de octubre de 2008
Y los primeros quince son nueve
Ya que siempre he cargado el adjetivo ‘pesimista’ como tercer apellido, he tomado la decisión de que el primer artículo de mi blog sea una declaración de intenciones para llegar a arañar un nivel de felicidad aceptable en alguna de mis futuras pruebas analíticas.
Lo primero que debería hacer entonces es reflexionar sobre las actitudes que me han perjudicado a lo largo de mi vida y llevar a cabo este repaso sin tremendismos. Es verdad que siempre me he parapetado detrás de todas las cosas contra las que estoy, siempre ha sido muy fácil para mí saber y proclamar todo lo que no quiero de esta vida. Pero intentar descubrir lo que sí que quiero es algo que me ha estado bloqueando desde hace bastante tiempo, por lo que dedicaré los siguientes minutos a confesar los logros que quiero conseguir. No voy a seguir ningún tipo de orden de preferencia, aunque puede que haya quien interprete que lo más importante lo he colocado al principio, o quizá entremedias para que no llame la atención. En realidad todas estas ideas han ido saliendo de sus escondites en mi cabeza de forma aleatoria. Son nueve en total. Tan sólo nueve, pero si consiguiera hacer realidad alguna de ellas ya habría valido la pena haber venido a un mundo en el que Mel Gibson ha ganado dos oscars:
- Quiero comer tarta de manzana en un local de carretera de Estados Unidos mientras una camarera llamada Doris me rellena la taza de café.
- Quiero escribirle una carta (no un e-mail, una carta) a Michael Bay para contarle cuánto apestan sus películas.
- Quiero luchar por el derecho de los chinos a vender Lexatin en sus establecimientos y en la calle.
- Quiero conseguir un puesto como vicepresidente de la firma Pierce & Pierce, sólo para poder dejarlo al día siguiente y ver la cara que ponen cuando les digo que voy a montar un puesto de perritos calientes a la puerta de las raves.
- Quiero lanzar un disco al espacio con una selección de mi música preferida. Con un poco de suerte, alguna civilización extraterrestre lo recibirá y me mandará la suya (Quizá aquí la diferencia del formato sería el principal problema).
- Quiero rodar un documental sobre Roland Wilkins.
- Quiero conocer Christmas Town, la ciudad filipina en la que siempre es Navidad.
- Quiero cenar en casa de alguno de los personajes ilustres de nuestra ciudad, como el americano bohemio de las barbas blancas, los heavies que matan el tiempo delante de lo que era Madrid Rock, el tipo vestido como un mormón que porta un gran cartel pregonando que el 11-S fue un autoatentado o cualquiera de los grandes videntes africanos.
- Algún día me gustaría volver a Madrid.
No sé, seguramente me haya olvidado de muchísimas ideas, pero para empezar no está tan mal. Ahora me queda la mejor parte: buscar más, ya sea en el chino subterráneo de Plaza de España o en Ciudad Feliz. Mientras tanto, seguiré camuflando mi pesimismo entre sorbos de café.
Lo primero que debería hacer entonces es reflexionar sobre las actitudes que me han perjudicado a lo largo de mi vida y llevar a cabo este repaso sin tremendismos. Es verdad que siempre me he parapetado detrás de todas las cosas contra las que estoy, siempre ha sido muy fácil para mí saber y proclamar todo lo que no quiero de esta vida. Pero intentar descubrir lo que sí que quiero es algo que me ha estado bloqueando desde hace bastante tiempo, por lo que dedicaré los siguientes minutos a confesar los logros que quiero conseguir. No voy a seguir ningún tipo de orden de preferencia, aunque puede que haya quien interprete que lo más importante lo he colocado al principio, o quizá entremedias para que no llame la atención. En realidad todas estas ideas han ido saliendo de sus escondites en mi cabeza de forma aleatoria. Son nueve en total. Tan sólo nueve, pero si consiguiera hacer realidad alguna de ellas ya habría valido la pena haber venido a un mundo en el que Mel Gibson ha ganado dos oscars:
- Quiero comer tarta de manzana en un local de carretera de Estados Unidos mientras una camarera llamada Doris me rellena la taza de café.
- Quiero escribirle una carta (no un e-mail, una carta) a Michael Bay para contarle cuánto apestan sus películas.
- Quiero luchar por el derecho de los chinos a vender Lexatin en sus establecimientos y en la calle.
- Quiero conseguir un puesto como vicepresidente de la firma Pierce & Pierce, sólo para poder dejarlo al día siguiente y ver la cara que ponen cuando les digo que voy a montar un puesto de perritos calientes a la puerta de las raves.
- Quiero lanzar un disco al espacio con una selección de mi música preferida. Con un poco de suerte, alguna civilización extraterrestre lo recibirá y me mandará la suya (Quizá aquí la diferencia del formato sería el principal problema).
- Quiero rodar un documental sobre Roland Wilkins.
- Quiero conocer Christmas Town, la ciudad filipina en la que siempre es Navidad.
- Quiero cenar en casa de alguno de los personajes ilustres de nuestra ciudad, como el americano bohemio de las barbas blancas, los heavies que matan el tiempo delante de lo que era Madrid Rock, el tipo vestido como un mormón que porta un gran cartel pregonando que el 11-S fue un autoatentado o cualquiera de los grandes videntes africanos.
- Algún día me gustaría volver a Madrid.
No sé, seguramente me haya olvidado de muchísimas ideas, pero para empezar no está tan mal. Ahora me queda la mejor parte: buscar más, ya sea en el chino subterráneo de Plaza de España o en Ciudad Feliz. Mientras tanto, seguiré camuflando mi pesimismo entre sorbos de café.
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